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LA VERDAD ESTÁ AQUÍ DENTRO, FUERA SÓLO HAY IRA!-2

VERSUS MONTSE ROMANÍ

continuamos con la saga, aquí las preguntas que realicé a montse romaní

Jaron vs Montse Romaní

J: Hemos visto un proceso de transformación que ha afectado a museos y
centros de arte. Es decir, mientras que durante los 90 se introducían en la
programación elementos críticos y activistas para satisfacer una cuota de corrección, actualmente estos se encuentran ya trabajando de forma permanente para aquellos.
Teniendo en cuenta que las instituciones no han cambiado su modelo operativo, relaciones laborales, etc., ¿crees que eso no responde más que a un grado de sofisticación de las instituciones neoliberales que con este mecanismo consiguen limpiar su imagen?


M: La traducción de experiencias estéticas críticas en prácticas inocuas no es una novedad en el vínculo museo-arte de crítica institucional. Esta afirmación no presupone desacreditar estas prácticas, sino más bien la necesidad de que se analicen los mecanismos que operan detrás de este proceso que viene produciéndose invariablemente, aunque con matices, desde hace décadas.

Sin duda, las prácticas materialistas de los setenta consiguieron dibujar un modelo contra-hegemónico respecto a la idea del museo como aparato ideológico de la burguesía, desmontando su función histórica para introducir discursos culturales marginados hasta entonces. Bajo la influencia de las teorías posmodernas, esenciales para el desarrollo de un debate cultural más inclusivo en cuanto a las políticas de representación de la diferencia (sexual, racial, de género, de clase y cultural), los noventa trazaron nuevas narrativas para reflexionar acerca de los procesos de construcción de las identidades y los mecanismos de producción de subjetividad.
A pesar de estas intervenciones de carácter simbólico que excepcionalmente han sido determinantes para una cierta transformación del sistema arte, el tiempo nos ha demostrado que las cualidades propias de muchas de éstas prácticas de crítica institucional, que han tenido lugar tanto en el ámbito del museo como en el campo de la producción artística autogestionada, han terminado siendo adoptadas por parte de los poderes hegemónicos como una manera de reforzar su control y poder, desproveyéndolas de su voluntad emancipadora. Pero también hemos visto, y eso es importante destacarlo, cómo, lejos de los presupuestos iniciales que movieron a estas prácticas, se han reproducido por parte de sus mismos actores, formas de subordinación, cooptación e individualización propias de la maquinaria institucional que sin duda han favorecido su desactivación, y en algunos casos han producido un viraje hacia la institución misma.
Vemos, pues, que la integración de los discursos críticos del arte y la cultura en el museo no es reciente, simplemente han sido reinterpretados y expuestos públicamente bajo un paraguas formalista y una retórica políticamente correcta.

Uno de los retos, en las prácticas de crítica institucional de estos últimos años, es el de intervenir sobre los modos y las condiciones de producción y distribución del arte ante la creciente industria cultural o industrias creativas como se suelen llamar ahora -elemento crucial del actual modelo de producción postfordista-, en la medida en que la cultura adquiere un papel dominante en las estrategias de reconversión económica. En este sentido, las instituciones públicas están promoviendo unas políticas que transformen la percepción de la cultura en un acontecimiento. El museo, pues, no es extraño a este proceso al constituirse como uno de los pilares de las industrias creativas por su papel simbólico en el nuevo panorama del turismo cultural, así como en los actuales procesos de renovación urbana ligados a la transformación de la ciudad en centro productor y gestor de servicios. Esta realidad afecta directamente al perfil que se espera de los espacios del arte, convirtiéndose en una hibridación entre las funciones históricas del museo como institución pública y las exigencias del capital privado.
Transformar esas dinámicas hoy no parece una tarea fácil pues los servicios institucionales y los mecanismos de comunicación que definen la producción cultural no sólo no han cambiado su modelo operativo sino que progresivamente están adoptando criterios empresariales más agresivos.
Hay que reconocer la sensibilidad de personas y equipos que dirigen y gestionan algunos centros de arte, para hacer frente y liberar la cultura de estas responsabilidades, negociando día a día con políticos y empresarios que solo ven en ellos un instrumento más para, como decía antes, favorecer un consenso político y social frente al nuevo paradigma de ciudad (e incluso de ciudadanía) que se está imponiendo.
Desgraciadamente, estas posiciones de “rebeldía” no suelen manifestarse públicamente, y cuando lo hacen con frecuencia es a través de discursos críticos ensimismados, sin buscar la complicidad del entramado de redes sociales y culturales de la ciudad para contrarrestar tal presión.


J: Montse, ¿crees que una comisaria o un comisario que se dedique a trabajar con arte político debería tener un posicionamiento político?

M: La institución del arte es uno de los instrumentos privilegiados de elaboración y transmisión de símbolos y representaciones. Personalmente, las teorías críticas feministas, entre otras, me han ayudado a descubrir cómo se han construido, qué formas de lectura imponen, qué códigos convencionales permiten que sean interpretadas de una manera u otra, para finalmente afirmar que muchas de ellas, legitimadas por la institución y aun siendo parte de nuestro imaginario individual y colectivo, representan sólo a una minoría dominante. Es evidente que representar es en sí mismo un acto político. De esta manera el trabajo del comisario/a, que tiene que gestionar la investigación, los recursos, los medios, la difusión, los lugares donde se construye conocimiento, etc., estaría obligado a adoptar una actitud políticamente -que no política-, para hacer frente a estos desajustes. Ello presupone interrogarse sobre el lugar que se ocupa, sobre el tiempo y la mirada desde donde se interviene.

El/la comisario/a, como mediador y gestor de producción simbólica, no puede ser nunca una figura de autoridad, algo que desafortunadamente vemos muy a menudo y que las mismas instituciones, medios y mercado se han encargado de reforzar en los últimos tiempos. Contrariamente, el/la comisario/a debe hacer visibles los engranajes, estrategias y formas de discriminación, exclusión e indiferencia que se siguen ejerciendo desde la institución del arte, fomentando el debate público desde el disenso y la activación de las distintas subjetividades que conforman el cuerpo social.
Pero también, frente a la precarización de las relaciones laborales y la falta de resolución de los derechos legítimos de los creadores y en general de todos los agentes culturales, el comisario estaría obligado a negociar las mejores condiciones de todo proyecto o encargo, en especial si se hace con dinero público. Por lo tanto, desde mi punto de vista y experiencia, la práctica comisarial solo puede llevarse a cabo desde una politización de nuestras prácticas cotidianas.

J: Estoy de acuerdo contigo, creo que es bueno que la gente en general se posicione políticamente y los comisarios, que en parte se dedican a la producción de sentido no deberían de ser una excepción. Gracias Montse.

Montse Romaní es comisaria y productora cultural, vive y trabaja en Barcelona.

Referencias

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Comentarios

  1. Antes de criticar a los comisarios por no posicionarse, deberías de ver sus trabajos. La exposición Tourismos: la derrota de la disensión fué todo un manifesto.

    Comentario de gus hace 3 años y 39 meses

  2. que manía con hacer cosas antes de hacer otras y con no poder hacer según que otras cosas. Te propongo algo más constructivo Gus, responde a esta pregunta (sacada de la entrevista con Montse) y así indagamos un poco en algo parecido a una opinión.

    ¿Crees que la práctica comisarial solo puede llevarse a cabo desde una politización de nuestras prácticas cotidianas (tal y como señala Montse) o que otro tipo de actitud más distanciada y que disocie trabajo-vida es posible?

    Comentario de Rub hace 3 años y 39 meses

  3. Realmente encuentro ciertas cosas que plantea Montse como auténticas fantasmadas, en el sentido más literal, es decir, especulaciones intangibles. ¿Qué significa politizar nuestras prácticas cotidianas como condición indispensable para la actividad comisarial?
    Alucino con una visión de la práctica política tan sumamente aburguesada y inocua, como una especie de look asumible en la soledad de nuestra habitación y que nos permite salir a la calle o a currar ya preparados con una identidad claramente reconocible. Hay mil situaciones en la realidad que corrompen y cuestionan a cada instante mi percepción "política" del mundo y que me hacen ser mezquino, contradictorio, absurdo, condescendiente, etc.
    ¿Tengo entonces que autoflagelarme y sentirme que no participo de esa ortodoxia sin carnet?

    Comentario de fede hace 3 años y 39 meses


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